Continuando con nuestro mini curso de sexualidad, esta vez
hablaremos de una de las fases del desarrollo sexual, la fase oral.
Algo
que nos quedo pendiente, y que saldaremos en esta ocasión, es una
caracterización de la sexualidad infantil. Dice Freud que “esta nace apuntalándose en
una de las funciones corporales importantes para la vida; todavía no conoce un
objeto sexual, pues es autoerótica, y su meta sexual se encuentra bajo el
imperio de una zona erógena.”[1]
Ya habíamos hablado del autoerotismo. Que existe
un imperio de una zona erógena quiere decir que en cada fase hay una zona del
cuerpo que se vuelve el centro de la atención y de las sensaciones placenteras.
Cada zona le da nombre a cada una de las fases: fase oral tiene que ver con la
boca; fase anal con los esfínteres, y la fase fálica y genital con los
genitales. El hecho de que una zona pueda llegar a ser erógena tiene que ver
con el punto siguiente: que la sexualidad se apuntala en las funciones
importantes de la vida (la boca la nutrición, los esfínteres en la evacuación y
los genitales en la reproducción).
Que la sexualidad se apuntala en alguna de las
funciones importantes de la vida, quiere decir que aparece como un extra de la
satisfacción de alguna de aquellas funciones. Apuntalar significa “dar el
impulso inicial”, y es lo que ocurre con la sexualidad. Encuentra su impulso
inicial en las necesidades biológicas.
Así, para
ir metiéndonos en el caso puntual de la fase oral al mismo tiempo que
explicamos esto, diremos que todo se inicia con el mamar. Cuando el niño nace, viene con algunos reflejos que se
llaman arcaicos[2].
Uno de ellos es el chupeteo. Es puramente adaptativo. Si en los primeros días
de vida la nutrición estará dada casi exclusivamente con la leche materna, que
el niño venga del vientre con ese reflejo incorporado, es una clara evidencia
de que es algo adaptativo, algo preparado
para la supervivencia: chupar será en los momentos más tempranos el único medio
para acceder a la nutrición.
Pero pronto se advierte que el bebé lo chupa
todo. Se chupa los dedos, un chupete, o cualquier cosa que este a su alcance.
Chupar ya no es solamente un modo de sobre vivir, de alcanzar la nutrición. Es también un modo de relacionarse con el
mundo, de aprender de él y de obtener sensaciones placenteras. Todo eso es
más que la mera función biológica.
El mejor ejemplo de ello es el chupete. Si lo
pensamos desde una lógica biologicista, el chupete no tiene ningún tipo de
explicación racional. En niño chupa para obtener nada. Sin embargo muchos hemos
sido testigos de que con un chupete podemos calmar a un bebe, dormirlo, y de
cuán difícil puede resultar separarlos…
Hace algunos años en la Argentina, Carlitos Balá
inventaba el Chupetómetro, un recipiente gigante en el que los niños podían
renunciar a su chupete dejándolo ahí para siempre. Este ejemplo nos permite
entender que si aceptamos que el niño
tiene que renunciar al chupete en algún momento es porque hay una relación de
amor con ese objeto que se chupa. Y esa relación con el chupete ya no tiene
nada que ver con la nutrición y la lactancia aunque se haya iniciado ahí.
De modo que en este recorrido hemos postulado algunas
otras cosas importantes: que a través del chupeteo el niño puede aprender y
relacionarse con el mundo, por un lado, y también que se va conformando un modo
de relación con un objeto (el chupete en este caso).
Bueno esas dos conclusiones dicen mucho más de lo
que parece. Modos de aprender y de relacionarse con el mundo y con los otros
implican esquemas de representación del mudo, modos defensivos, modos de
simbolizar y de decir las cosas, modos del carácter, ideales, representaciones
del sí mismo y del objeto, entre otras muchas cosas, que irán conformando, en
la media en que el desarrollo sexual continúa, nuestra personalidad, con todo
lo que ello implica.
Lo interesante es poder ver qué de cada una de
las fases es lo que podemos entender y explicar del comportamiento de las
personas. Así la fase oral nos permite comprender todo aquello que tiene que
ver con lo que se incorpora en las personas, lo que se traga o nos traga, lo
que comemos o nos come.
Unos de los principales procesos psíquicos que
tienen que ver con la fase oral es la identificación, ya que supone una
incorporación del objeto, o parte de él, en el sujeto.
Un ejemplo bien conocido de esto es la última
cena. Cualquier estudioso de la Biblia o de los símbolos puede explicar que
simbolizar el cuerpo con el pan y la sangre con el vino, e ingerirlos,
simboliza un acto de canibalismo. Es un modo de comer a quien se admira, a
quien se ama, y así incorporar en el yo sus características, sus virtudes, sus
conocimientos.
Otro ejemplo conocido es el de algunas sociedades
caníbales que se comían a sus enemigos para adquirir sus características, su
valor, su fuerza[3].
Hablar también tiene que ver con la fase oral. Si
bien la comunicación es algo necesario para entendernos con los demás,
pareciera que tenemos la necesidad de hablar de todo, de opinar sobre todo. Las
redes sociales, los blogs como este, las conferencias, los libros
autobiográficos, entre otras cosas, dan
cuenta de este placer por el habla, por contar, por decir. Ya no se trata de
mera supervivencia.
En el próximo artículo hablaremos de la fase
anal, de sus características y de sus aportes a la personalidad y el
comportamiento humano.
[1] Freud, S. Tres ensayos de teoría sexual
(op. cit.)
[2] Los reflejos arcaicos son aquellos que
vienen con el recién nacido y
desaparecen a medida que el niño crece. Entre ellos encontramos el reflejo de
búsqueda, de chupeteo, el natatorio, el de ojos de muñeca japonesa entre otros.
Más información en: http://es.wikipedia.org/wiki/Reflejos_arcaicos

